sábado, 5 de junio de 2010

Bones.

-¿Cómo sabes que es un polvo de mierda?


-Porque tiene que serlo, Huesos, estoy convencido.

-¿Por qué?

-¿Por qué? Te diré por qué. Los seres humanos no somos más que unas criaturas solitarias que pasan unas junto a otras. Buscamos el más mínimo roce para conectar con otros. Algunos miran donde no deben, otros se rinden porque en el fondo creen que “Bah, ahí fuera no hay nadie para mí.” Pero todos seguimos intentándolo una y otra vez. ¿Por qué? Porque de vez en cuando, sólo de vez en cuando, dos personas se juntan y salta la chispa. Y sí, Huesos, él es guapo, ella es preciosa, y tal vez eso es lo único que ven al principio, pero al hacer el amor .. al hacer el amor, dos personas se funden en una.

-Es científicamente imposible que dos personas ocupen el mismo espacio.

-Sí, pero lo importante es intentarlo. Y cuando lo hacemos bien, nos acercamos.

-¿A qué? ¿A romper las leyes físicas?

-Sí, Huesos, un milagro.

miércoles, 7 de abril de 2010

Breathe in, breathe out, move on.

Siempre es bueno volver a los sitios de los que nos fuimos. Sentarnos un momento en algún rincón especial y simplemente dejarnos llevar. Guardarnos un tiempo para nosotros mismos. Ser egoístas y dejar a un lado al resto del mundo para ocuparnos solamente de lo que sentimos. Respirar profundamente. Cerrar los ojos. Pensar detenidamente en todo aquello que nos preocupa, lo que nos mantiene despiertos por las noches y cabizbajos durante el día.
Cada uno tiene su huequito en este mundo. A algunos les gusta perderse por el campo, en algún pueblecito dejado de la mano de Dios. Los hay que prefieren meterse en la cama y aislarse de todos los ruidos en ese pequeño fortín que resultan las sábanas una vez escondes la cabeza en ellas. Hay gente que encuentra la calma mezclándose en la multitud, caminando por las calles de una ciudad atestada de personas.
Y otros .. otros somos felices cuando, desde el coche, autobús, avión o medio de transporte que nos lleve, vemos aparecer al fondo, en el horizonte, esa franja azul que se funde con el cielo y que nos anuncia que el mar está cerca. Casi podemos olerlo en el ambiente, y oir las olas rompiendo contra las rocas. Y cuanto más te acercas, más paz notas en tu interior. Porque sabes que una vez hayas llegado por fin tendrás tiempo para pensar, para pasear, relajarte, volver a pensar y poner en orden tus ideas. Coges aire, lo sueltas, inspiras, expiras, profundamente, cierras los ojos y puedes sentir el sabor salado del agua llenando tus pulmones.
Cuando por fin llegas a tu destino la felicidad te embriaga. Por fin un momento para ti. Desconectas el móvil, apagas el ordenador. No necesitas unos auriculares para escuchar la música más maravillosa del mundo. El mar, las olas, los pájaros, las rocas, la arena .. te esperan, y te reciben con los brazos abiertos. Y tú entras de lleno en ellos. Te dejas llevar, mientras, por una vez, hasta comerte la cabeza resulta agradable.

martes, 23 de febrero de 2010

Ella.

Tac, tac, tac, tac, tac, tac, tac. Sonido de tacones a lo lejos. Una avenida concurrida. Coche, autobuses. Estudiantes que corren, profesores con aire distraído. El persistente ruido de los tacones se va acercando; tac, tac, tac, tac, tac… y en tu campo de visión aparece una chica. Zapatos planos aunque sonoros, vaqueros ceñidos alrededor de unas piernas delgadas y largas, camiseta sencilla y jersey de cuello en pico. Probablemente con los pendientes a juego. Una ancha sonrisa, unos ojos luminosos y una bonita melena. Guapa, bien vestida, RUBIA… tonta seguro, piensa la gente que no la conoce. Y entonces entra en la facultad de Medicina.


La ves caminar con paso seguro, saludando a todo el mundo, parándose a charlar de vez en cuando, transmitiendo su alegría a los demás. La cabeza siempre bien alta, sin llegar a resultar pretenciosa, dejando claro que se merece todo aquello que ha conseguido hasta ahora y probablemente también mucho más.

Feliz con su vida, aunque le haya costado mucho llegar hasta donde está. Una niña lista y despierta como pocas que, paso a paso, fue convirtiéndose en una adolescente inteligente y abierta, amiga de sus amigos e incluso de sus enemigos (si alguna vez los tuvo). Ajena a los comentarios que su belleza y simpatía suscitan en los demás, jamás la oirás dedicarse un cumplido a sí misma, salvo que este bromeando. Un sentido del humor exquisito, y siempre con una frase de aliento preparada en los labios, dispuesta a salir en cuanto ve que a alguno de los que le rodean le fallan las fuerzas. Capaz de perdonar los errores más atroces y de hacerte pasar las clases de inglés más divertidas. Abierta y cariñosa con todo aquel que se lo permite, pero también tímida, seria y reflexiva si la situación lo requiere. Desde pequeña, un paso por delante de la gente de su edad en cuanto a madurez se refiere. Siempre ahí, a una llamada de distancia, para acudir rauda en tu ayuda cuando más lo necesitas.

De todas las piedras que el destino puso en su camino, ninguna consiguió tumbarla el tiempo suficiente como para hundirla. Cada una de las veces se levanto con energías renovadas y más ganas aun de seguir luchando. ¿Fracasos? Los justos, y siempre por volcarse demasiado en las cosas. Fuerte, pero vulnerable a la vez.

Médico desde siempre, pero también pintora, princesa, hija, hermana (mayo, y no sólo de sus hermanos), amiga, compañera, confesora, novia, estudiante, tutora, encargada de talleres, cuida-niños, maestra en el arte de pegar macarrones y de recortar guirnaldas, amante de las comedias románticas y el chocolate, ama de su casa, ex jugadora compulsiva de los Sims, gran lectora, cantante del Singstar, guitarrista profesional, ejemplo utilizado por padres (y el orgullo de los suyos) y, últimamente… un poco tomate.

En definitiva, el tipo de persona que a todo el mundo le gustaría tener pero que muy pocos conseguimos encontrar. Alguien a quien jamás querrías perder.

Gracias por todo. :)

miércoles, 17 de febrero de 2010

Recuerdos.

Si el paraíso existiera probablemente sería así. Las olas, de un azul oscuro y coronadas de espuma, rompen contra las rocas de mil formas, produciendo un sonido relajante y tranquilizador. Las nubes, como jirones de algodón, se ceden el paso las unas a las otras en su viaje hacia el horizonte. Su color blanco y puro contrasta de manera agradable con el tono claro del cielo. Y en medio de ese cielo un sol grande y redondo, en su máximo esplendor, calentando y haciendo que todo brille con un color diferente. Una ligera y refrescante brisa mueve las copas de las palmeras, y las hace danzar al son de alguna secreta melodía. La arena, blanca y suave, se hunde a cada paso que doy, y me hace cosquillas en la planta del pie. En conjunto, se trata de una isla en la que cualquier persona se sentiría afortunada de estar.


Ojala yo también pudiera sentirme así. El sonido de las olas no me tranquiliza ni me relaja, me encuentro ansioso a todas horas. El sol no calienta mi piel ya, y el frio se instalo en mí aquel día y desde entonces se ha negado a irse. Vine aquí huyendo de una vida que carecía de sentido, pero todo este tiempo no he conseguido sentirme mejor. Quizá lo mejor sería empezar explicándolo todo desde el principio.

Todo comenzó hace ahora un año y siete meses. Ese día era un día importante, el de mi cumpleaños. Era sábado y salí con mis amigos, dispuestos a comernos el mundo. Teníamos entradas para la discoteca de moda y llevábamos encima una cogorza bastante considerable. Llegamos relativamente pronto al lugar. La discoteca estaba abierta ya, pero no había cola y la zona de baile estaba prácticamente vacía. Pedimos algo en la barra y nos sentamos en un rincón a esperar que poco a poco la gente fuera entrando. Entre bromas y tonterías vimos aparecer por la puerta un grupo bastante nutrido de chicas. Una de ellas, morena, miraba llena de inseguridad a su alrededor, como si temiera que le fuera a pasar algo malo. A su lado, una de sus amigas parloteaba sin parar intentando llamar su atención, aunque con escasos resultados. Y de pronto su mirada se dirigió hacia donde estábamos nosotros. Escudriñó nuestros rostros uno a uno, y cuando sus ojos reposaron en los míos... no puedo explicar qué sentí. Por un segundo todo desapareció y solo existía en el mundo ella, con su mirada cálida y transparente posada en mí. Supe que ella había sentido lo mismo porque un rubor carmesí escalo a sus mejillas, y desvió rápidamente la vista hacia el suelo, mientras se mordía con fuerza el labio (mas tarde ella me recordaría siempre la marca que le quedó en el labio inferior por haberse mordido tan fuerte). Desde ese momento la fiesta quedó en un segundo plano. Ya no me importaba pasármelo bien o mal, reírme o no, beber o bailar. Sólo podía pensar en lo que me acababa de pasar. Yo siempre me había considerado tan maduro, tan racional, me veía metido en un embrollo del que no sabía cómo iba a salir. Pero me daba igual, no podía pararme a pensar en ello, simplemente tenía que trazar un plan que me permitiera acercarme más a aquella fascinante chiquilla. No podía quitarle los ojos de encima, y si me movía y la perdía de vista, no descansaba hasta volver a posar mi mirada en ella. Y por fin llego el momento que yo estaba esperando. Ella y una de sus amigas se separaron del grupo y caminaron hacia la barra, a pedir algo, supuse. Era mi oportunidad. Agarre a mi amigo Jaime del brazo y de un tirón me lo lleve hacia allí. Podía sentir el estomago golpeándome en las sienes a cada paso que daba. La veía de espaldas. Antes de poder tocar su hombro para llamar su atención, se dio la vuelta. Un golpe y de repente me vi empapado. Disculpas y más disculpas. Pobre, estaba al borde del llanto. No se daba cuenta de que a mí me daba igual. Ella me hablaba. Ella me miraba. Ella intentaba limpiarme. Y todo lo demás daba igual. En esa sala no existía ya nada más. Sólo ella y yo. Su mano entre las mías. Sus ojos buscando la disculpa en los míos. Tranquilo, pensé, tranquilo. El corazón me latía a mil por hora. Apenas me atrevía a respirar por miedo a estropear el momento. Mientras tanto, mi amigo Jaime había entendido perfectamente cuales eran mis intenciones, así que de alguna forma se había llevado a la amiga que acompañaba a mi ángel. Jaime, el gran Jaime, siempre a mi lado, siempre mi cómplice, que me entendía mejor que nadie, sólo con mirarme. Y una vez más le debía la vida, como en tantos otros momentos. Pero en esta ocasión de forma diferente. Si todo salía bien le se lo debería todo eternamente... Cuando por fin ella se tranquilizó hicimos las debidas presentaciones. Alba, ¡mi pequeño milagro se llamaba Alba! El nombre más bonito del mundo. Un nombre que repetiría muchas veces durante los meses siguientes. Sí, te he visto entrar; sí, me has llamado la atención. Y no sabes cuánto, pensé. No me quedaba mucho dinero, pero la invité a tomar algo, ya que había sido yo el causante de su bebida perdida. Al principio ella estaba un poco cortada, pero en seguida conectamos. ¡Teníamos mil cosas en común! En un momento dado, la conversación derivó hacia los estudios. Alba tenía sólo dieciséis años. ¿Cómo era posible? Yo acababa de cumplir veinticuatro. Por un momento pensé que el mundo se me venía encima, pero me recuperé. Qué más da, me dije a mí mismo, peores cosas se han visto, no vas a perderla ahora que por fin la has encontrado...

Bailamos toda la noche, sin parar. En cuanto se terminó su bebida fuimos con sus amigas e hizo las debidas presentaciones. Después yo me acerqué a donde estaba mi grupo y juntamos a todos. Congeniaron rápido, y eso me hizo sentir un profundo alivio. Mientras tanto, Alba y yo seguimos a lo nuestro, hablando sin parar, bailando, riendo… hasta que llegó la hora de cerrar el local.

Entre todos en seguida nos pusimos de acuerdo en que era necesario ir a desayunar, así que nos pusimos en camino. Una hora más tarde volvía a mi casa con una preocupación más y un corazón menos. Aunque me encontraba destrozado y con mucho sueño, aún estuve un buen rato dando vueltas en la cama. Habíamos congeniado, pero ¿y si ella no opinaba lo mismo y simplemente había sido uno más de su listas? ¿Y si me había equivocado y en realidad ella no había sentido lo mismo que yo?

Los días fueron pasando entre llamadas de teléfono, mensajes, emails y nervios. Yo intentaba por todos los medios mostrar mis sentimientos, pero me era muy difícil, ya que mi forma de ser era totalmente lo contrario. Aun así me esforzaba. La relación fue prosperando y durante un tiempo fuimos enormemente felices. Yo la quería y ella me quería a mí. ¿Qué más podía pedir?

Pero poco a poco fueron surgiendo problemas. Sus padres no terminaban de ver con buenos ojos nuestra diferencia de edad. A ella no acababa de convencerle que yo no demostrara al 100% lo que sentía. Y empecé a ver que Alba no era feliz. A veces se mostraba ausente, y yo me daba cuenta de que cada vez me costaba más llegar a ella. Nunca dudé de que me quisiera, y tampoco dudé jamás de lo que yo sentía, pero llegado un momento me quedó claro lo que tenía que hacer. Sólo pensar en ello me destrozaba por dentro, pero si quería que ella fuera feliz algún día tenía que empezar a pensar en dejarla libre.

Una vez tuve claro lo que tenía que hacer empecé a mostrarme evasivo, dejé de quedar con ella, tardaba en contestar a sus mensajes, y muchas veces no cogía sus llamadas. Cada vez que veía su número aparecer en la pantalla de mi teléfono me moría de ganas de hablar con ella, de explicarle lo que sentía, lo que me pasaba. Pero no podía. Era mejor que ella pensara que yo era un cerdo, así le costaría menos olvidarse de mí.

Y después de un par de semanas así, me decidí a hablar con ella. Cara a cara. Tenía memorizado a la perfección todo lo que quería decirle. Aproveché que al día siguiente se iba de viaje con sus tíos para así darle tiempo a asimilarlo todo alejada de mí. Se lo solté todo de golpe. No, no te quiero. No, nunca te he querido. Sí, he jugado contigo, ¿y qué? Mira, es mejor que no nos veamos nunca más. Olvídate de que existo. Adiós. Cada frase me quemaba la lengua y me mareaba escuchar salir esas mentiras de mis labios. Pero tenía que hacerlo. Recuerda, lo haces por ella, lo haces por ella, no hacía más que repetir eso en mi cabeza. Y aún así no me quedé más tranquilo. Alba no paraba de llorar, y aunque mi primer impulso fue abrazarla para consolarla, conseguí contenerme a tiempo. Cuando ya iba a darme la vuelta para irme, levanté la cabeza y por un segundo pude sostener su mirada. Lo que vi acabó por destruirme. Después de todo lo que yo le había dicho, sus ojos destilaban amor, ternura, perdón e incluso culpabilidad, pero no vi en ellos atisbo alguno de odio, reproche o enfado. Dios, la iba a echar tanto de menos…

En el camino a mi casa no pude contenerme y rompí a llorar. Todo aquello era demasiado para mí. Durante días estuve en casa pensando y llorando, sin poder moverme más que para comer algo de vez en cuando. Apagué el móvil y desenchufé el teléfono de casa. Necesitaba estar sólo. Si tocaban al timbre no contestaba, y si alguien golpeaba la puerta me limitaba a quedarme callado y encogerme dentro debajo de las sábanas. Entre ellas me sentía un poco más a salvo. Aún olían un poco a Alba… Despues de cinco días de reclusión voluntario me levanté con unas pocas fuerzas más que los demás días, así que encendí el móvil. Me empezaron a llegar mensajes. Propaganda, mi madre, Jaime, más propaganda, mi madre otra vez y… ¿Marta? ¿Marta, la mejor amiga de Alba? ¡90 llamadas perdidas! Seguro que quería hablar conmigo para ponerme verde. Aun así, decidí llamarla, por si acaso. Al segundo intento, Marta me cogió el teléfono. Con voz congestionada me dijo que estaba en el hospital, que Alba había tenido un accidente, que estaba en coma y que los médicos temían por su vida. Que me había estado llamando pero tenía el móvil apagado, que en el teléfono fijo le salía directamente el contestador, y que por mucho que me tocara el timbre yo nunca contestaba. Yo no la escuchaba. Sólo podía oir el latido de mi corazón golpeando con fuerza en la boca de mi estómago. Le pregunté rápidamente en qué hospital estaba y, después de ponerme lo primero que encontré por casa, cogí el coche y me fui volando hacia allí. No puede ser, no puede ser, no puede ser, no puede ser, esto no puede estar pasando, por favor, por favor. No paré de repetir esa cantinela durante todo el viaje. Cuando por fin llegué, apenas me escuché preguntar en recepción la habitación donde ella se encontraba. La 205, la 205, la 205. Ahí estaba, o mejor dicho, ahí estaban todos. Sus padres, sus hermanos, sus amigas, sus amigos y hasta sus abuelos, a los que yo conocía sólo de oídas. Localicé a Marta y me puse a interrogarla. Al parecer, un coche se había cruzado con el coche que conducía su tía y, aunque su tía estaba bien, Alba no había corrido la misma suerte. Me senté en el suelo y me concentré en tratar de respirar. Inspira, espira, inspira, espira, inspira, espira.

Por delante tenía el día más largo de mi vida. No podía moverme de donde estaba, y cada vez que sus padres salían de la habitación para comer o dormir, yo entraba con Marta y allí nos quedábamos hasta que volvieran, montando guardia, rezando, en silencio, pidiéndole un milagro a un Dios en el que nunca había creído. Hasta que, por fin, un día más tarde, cuando todos estábamos arremolinados alrededor de su cama, Alba abrió los ojos. Me sentí lleno de alivio, pues supe que, al menos por esta vez, sobreviviría. Y a mí me tocaba volver otra vez a interpretar mi papel. Uno a uno, sus familiares fueron saliendo de la habitación para hablar con los médicos, y nosotros, sus amigos, nos quedamos con ella. Fue reconociendo a todos, hasta que llegó a mí. No sabía quién era yo, se le había olvidado. Bueno, quizá ese era mi destino. Seguramente era lo mejor, así viviría más feliz. Al fin y al cabo, era lo que yo había pretendido alejándome de ella, que me olvidara. Pero Marta no debía de opinar igual, pues nos echó a todos y se quedó a solas con ella. Cabizbajo me fui a la cafetería a esperar a que Marta saliera y me contara qué había pasado. Estaba tomándome un café (el séptimo del día) cuando Marta entró cual huracán en la estancia. Me agarró del brazo y me llevó casi en volandas a la habitación. Allí estaba ella, tan pálida como las sábanas que la envolvían, como la pared que la rodeaba. Con profundas ojeras bajos sus preciosos ojos. Marta me había explicado brevemente por el camino que Alba le había confesado que no era cierto que no me recordara, asique haciendo acopio de todo mi valor construí una sonrisa y traté de bromear con el asunto, hacer ver que me lo tomaba con ligereza.

Y entonces ella me lo preguntó. Me preguntó aquello que yo ya sabía que me preguntaría. Aquello para lo que yo ya tenía una respuesta preparada. Me pregunto si la quería, si alguna vez la había querido. Y mirándola sin verla, tomé aire y lo solté. No. La palabra más difícil de mi vida, las letras que con más dolor he pronunciado nunca.

Lo que pasó a continuación es difícil de narrar. De repente cerró los ojos y su pecho se hinchó por última vez. Su cara mostró la relajación más absoluta, y la máquina, que emitía pitidos constantes cada cierto tiempo pasó a pitar de forma continuada. No, no, no, no, no, no, no, no podía ser. No, así no, no ahora, por favor, no. Una enfermera, por favor, una enferma y un milagro.

Pero nada pudieron hacer por ella. Dijeron que, al parecer, una infección interna había acabado con su vida. Sólo yo sabía la verdad. Ella me quería. Tanto que al decirle que la había utilizado, sus ganas de vivir la habían abandonado. Y simplemente se había dejado llevar hasta el lugar que había abandonado momentos antes sólo para poder preguntarme aquello.

Lo sé porque aún hoy, después de un año, puedo oírla susurrándomelo al oído en cada esquina, en cada momento, a cada paso que doy. Porque ella está ahí, en todas partes y en ninguna a la vez. Y sólo pido que, si realmente existe ese Dios al que le recé una vez, por favor la cuide hasta que yo pueda reunirme con ella para poder explicarle lo que realmente siento. Que la quiero. Como a nadie y como nunca. Por siempre. Tanto como ella me quiso a mí, o quizá incluso más.

jueves, 28 de enero de 2010

Raro.

Raro. Como mínimo habría que admitir que es raro. Sentada en la cama reflexionas sobre todo lo que ha pasado hasta ahora. ¿Enamorarte de alguien así? ¿Tú? ¿Desde cuándo? Y lo más importante, ¿Por qué? Por qué sigues cayendo una y otra vez en su trampa, sabiendo que lo único que quiere es que tú sigas ahí. Que lo único que hace es utilizarte cuando le viene bien. Y caes, y vuelves a caer, y una y otra vez sigues cayendo. Tus amigas te lo han dicho más de una vez, pero es difícil ver lo que no queremos, aunque sepamos que es así. Desde el principio supiste que no era en absoluto lo que tú buscabas. Arisco. Poco cariñoso. Introvertido. Pero tenía algo. Sí, tenía algo. No era guapo tampoco, pero... algo había. Y desde ese día te ha sido imposible pasar un día sin hablar con él, sin verle, sin pensar en él. Pese a haberlo intentado, no puedes. Y cuando tratas de distanciarte lo único que consigues es pasar días con él en la cabeza. Sabes que no merece la pena, que no va a cambiar, que no te quiere, que te utiliza, pero sigues ahí. Y eso es raro.


Intentas dejarlo de lado, no pensar en ello. Una y otra vez te repites a ti misma que le has olvidado, que ya no hay nada, que no sois más que amigos. Que puedes enamorarte de otra persona cuando y donde quieras. Pero sabes que no es posible. Que las cosas no funcionan así. Y te asustas. Porque nunca habías sentido algo así. Porque tienes miedo a que esto no acabe nunca. Que sea como la pescadilla que se muerde la cola. Le quieres, pasa de ti, te alejas y vuelve. Y así eternamente. Un tira y afloja continuo.

Pero un día te levantas y mientras desayunas te das cuenta de que no has pensado aun en él. No le echas de menos. No sientes la necesidad de hablar con él. Llegas a clase y charlas animada, no tienes en la cabeza más que esa cháchara banal con los compañeros. Y así un día detrás de otro. Él trata de llamar tu atención pero tú te das cuenta de que estás muy por encima. Sí, te has cansado de él, de sus tonterías. Por fin.

A lo largo de tu vida es posible que esto te ocurra más veces, pero habiendo pasado la primera ya no tienes tanto miedo. Porque sabes que tarde o temprano, ese día llegará.

martes, 19 de enero de 2010

Frustración.



A quién no le ha pasado alguna vez. Odias tanto a una persona hasta el punto que la quieres con locura. ¿O era al revés? Crees que no la necesitas, pero es la última persona en la que piensas por las noches. Sabes que le has hecho daño y piensas "Lo repetiría una y otra vez", pero no es así. Porque cuando te acuestas y tu cabeza reposa encima de esa almohada, no puedes dejar de llorar pensando en lo que has hecho, en lo que en realidad sientes, en lo que NO PUEDES dejar de sentir. Y te duele también pensar en lo que esa persona te ha hecho y en lo que no te ha hecho. Quiere ser tu amiga, sí, ¿pero a qué precio? Sabe que no la has olvidado, y eso te vuelve loco. Tienes miedo a hablar con ella, a verla, a quererla como siempre. Te vuelves huraño, la gritas, la insultas, la criticas delante de sus amigos y de los tuyos. Y aun así puedes ver la compasión en sus ojos cada vez que os cruzais. Un sólo segundo te basta para observar que ella no te ha olvidado tampoco, aunque sea en un modo diferente al tuyo. Tu mirada roza su piel y sientes otra vez que el corazón te late a mil por hora, que el estómago se te encoge, que se te seca la boca, que te mareas y te tiemblan las piernas. Aunque ves cariño en sus ojos sabes que no siente lo mismo que tú. Ya no.
Y vuelves a querer odiarla, a criticarla, a hacerle la vida imposible, a morder la almohada por las noches. Como si eso fuera suficiente para que ella vuelva a tu lado. Como queriendo decir "Eh, aquí estoy, puedo valerme por mí mismo, no te necesito". Pero sabes que no es así. Que no puedes por ti mismo. Que no puedes odiarla por mucho que lo intentes. Y aunque la hayas insultado, ofendido, criticado mil y una veces ella sigue estando con los brazos abiertos, esperándote. Porque no quiere perderte. Y sólo necesitas oir un "No te vayas, por favor." Aunque sólo sea porque necesita tu amistad.

lunes, 7 de septiembre de 2009

El daño de una mentira.

Cansancio extremo. Murmullos a su alrededor. Una cama. Voces conocidas. Y voces desconocidas. Preocupación flotando en el ambiente. Abre un ojo. Parpadea. Una luz cegadora. Todo es de color blanco. Se siente desorientada. No conoce el lugar. Siente su cuerpo muy pesado. Intenta decir algo, pero las palabras se le quedan atascadas en la garganta. Y entonces alguien repara en su presencia.

- ¡Se ha despertado! ¡Por fin! ¡Chicos, venid, se ha despertado!

Un grupo de personas se arremolinan a su alrededor. Caras conocidas. Su familia. Sus amigos. Algo hace clic dentro de su cabeza. El hospital. Ha estado más veces allí, visitando a gente. Y ahora es ella la que se halla postrada en una cama. Vuelve a mirar a su alrededor y va reconociendo las caras de la gente, una a una. Están todos. Parece mentira que quepan en una habitación tan pequeña. María, Irene, Sofía, Laura, Nuria y sobre todo Marta. También están Pedro, Juan, Jorge, Cristian… y él. Aparta la mirada de sus ojos. No quiere verle. Sigue repasando a todos y ve a sus padres, sus hermanos, sus tíos, incluso sus abuelos. Todos tienen lágrimas en los ojos. Mueve los labios, pero no sale ningún sonido de su boca. El silencio es absoluto. Y por fin su madre se decide a hablar.

- Hemos estado muy preocupados por ti. Has pasado varios días en coma y ya pensábamos que te habíamos perdido… - y de pronto su voz se quiebra y rompe a llorar desconsoladamente. Se tapa la cara con las manos y se apoya en el hombro de su padre, que la saca afuera, acompañada por el resto de su familia.

Después de un último vistazo, sus abuelos también salen de la habitación, y sus hermanos son obligados a abandonar la habitación. El pequeño le da un beso y sale echando la vista atrás de vez en cuando. El mayor tiene los ojos rojos y profundos surcos debajo de los mismos. No le cabe duda de que ha estado llorando. Realmente la quiere mucho.

Una vez toda su familia ha salido al pasillo se queda a solas con sus amigos. Nota la garganta seca, y hace el ademán de coger el vaso de agua que reposa a su lado en la mesilla. Un dolor agudo cruza su brazo y se da cuenta de que lo tiene totalmente cubierto por escayola. El accidente debió de ser realmente violento… María, solícita, coge el vaso y le da de beber. La somnolencia ya ha desaparecido, y con la garganta hidratada siente ya las fuerzas suficientes para hablar.

- Gracias, María. – dice.

- ¿Te acuerdas de mi nombre? ¡Qué bien! El doctor nos dijo que quizá sufrieras amnesia durante unos días o al menos unas horas. – le explica María.- Veamos si te acuerdas de todos…

- Está bien. Tú eres María. Ella es Irene, luego Sofía, Laura, Nuria y… Marta, por supuesto. Pedro, Jorge, Juan, Cristian, gracias por venir. – dice, mirándoles uno a uno.

Gira la cabeza para ver si se está dejando a alguien. Le mira a los ojos. Desvía la mirada otra vez. Tiene que hacer algo. No puede seguir como antes. Inspira profundamente y piensa lo que va a decir. Vuelve a mirarle y sin darle más vueltas lo dice.

- Y tú… ¿Quién eres tú? ¿Te conozco? No me suenas de nada…

Todos la miran con extrañeza. Parece mentira que no se acuerde de él. Al fin y al cabo… Marta la mira con una interrogación en la mirada. Ella desvía la mirada y mira sus manos, que reposan en su regazo. Sabe que la ha pillado.

-¿No sabes quién soy? Bueno, supongo que dentro de poco te acordarás… ¿verdad? –dice él mirando al suelo.

-¡Venga, todos fuera! ¡Ahuecando! Esta y yo tenemos que hablar… -dice Marta haciendo gestos con las manos para ejemplificar que quiere que todos se vayan.

Una vez consigue que todos se vayan se da la vuelta y la mira con rostro ceñudo. Ella se siente atrapada. Sabe que el rubor tiñe sus mejillas, pero aguanta valientemente su mirada. Una sola mirada le ha bastado para saber que se encontraba atrapada. Qué terrible resulta a veces que alguien te conozca tan bien. Que no puedas decir ni siquiera una pequeña mentira…

-¿Cómo que no le conoces? ¡Pero de qué vas! Sabes perfectamente que es mentira… ¿por qué lo has hecho? – dice elevando la voz.

Ella sigue empeñada en admirarse las uñas y la punta de los dedos. También le resulta muy ameno mirar al techo y…

-Mírame. ¿Por qué lo has hecho?- le dice Marta agarrándole de la cabeza y obligándole a mirarla a las ojos.

- Mírame tú a mí también. Estoy llena de vendas. He estado a punto de morir. Cuando aquel coche se cruzó en nuestro camino… pensé que no llegaría a contarlo. ¿Y sabes que fue lo único que pensé? ¿Lo único que me dio pena? Que nunca más iba a poder verle, mirarle a los ojos y perderme buceando en ellos. No pensé en mi vida futura, ni todo lo que he vivido pasó ante mis ojos. Ni siquiera pensé en mi familia o mis amigos. Tampoco en ti. Sólo en él. Y durante una milésima de segundo, mientras pensaba en lo fantástico que sería verle otra vez, no sentí dolor. Sabia que muchos de mis huesos se estaban partiendo, casi podía oírlos rompiéndose en miles de trocitos. Y todo me dio igual. Casi podía apreciar su mirada rozándome, bañándome con su luz. Y fue como estar flotando. Me sentía bien. No había dolor a mí alrededor. Sólo él. Pero eso sólo duró un par de segundos. Cuando el segundo coche chocó con el nuestro una fuerte sacudida movió todo mi cuerpo y me sacó bruscamente de mis ensoñaciones. Y me di cuenta de que eso jamás iba a pasar. Que él ya no me quiere. Y que yo no puedo permitirme seguir sintiendo esto. Que tengo que conseguir sacarle de mi vida como sea. Que le quiero demasiado y que esto no puede durar más. Que tengo que olvidarme y sacarle de mi vida. Y esta es la única forma. Porque le quiero demasiado.



- ... Me dejas sin palabras. No sé qué decirte. Tienes que hablar con él. Esto también es cosa suya. - le dice su amiga con el entrecejo fruncido.



- Está bien, lo haré, y aprovecharé para preguntarle algo que me ronda la cabeza desde hace tiempo.- susurra mientras afirma con la cabeza.

El tiempo desde que Marta abandona la sala hasta que vuelve a oir sus pasos resonando por el pasillo vacío se le hace eterno. Y ahí está, acercándose. Los tacones suenan cada vez más cerca. No puede dejar de temblar. Ya ni se acuerda de qué era lo que le iba a decir. Y eso que lo tenía todo pensado... Entonces el pomo de la puerta gira y la respiración le empieza a faltar. Se está ahogando. Retuerce sus dedos y el brazo le duele totalmente. La puerta se abre y entra sólo él. ¿Dónde ha quedado su amiga? Justo ahora que es cuando más la necesita... Bueno, ya hablará más tarde con ella. Él se sitúa a su lado, a la altura del cabecero de la cama y la mira con una mezcla de curiosidad y desconcierto en la mirada.

- Qué, ¿por dónde empezamos? ¿Qué es eso de mentir? Muy mal, muy mal ... - empieza él mirándola a los ojos.

- Cómo no hacerlo. - responde ella - Creo que sólo nos queda algo por hablar. Hemos pasado muchas cosas juntos, y sólo hay un tema que zanjar.

Traga saliva y vuelve a sentir la garganta seca. Le escuecen los ojos de mirarle fijamente y nota las manos frías y húmedas.

- Dime una cosa, y dímela sinceramente. Mírame a los ojos y no me mientas, por favor. - susurra mientras las lágrimas asoman a sus ojos. - ¿Me quieres o alguna vez me has querido?

- No. - dice él. Secamente. Sin parpadear. Mirándola a los ojos. Sin siquiera detenerse a pensar. No lo ha dudado. Está claro que es algo que ha pensado muchas veces.

Entonces ella cierra los ojos. Su respiración se acompasa con el ritmo de su corazón, que cada vez late de forma más débil. Él la mira incrédulo, sin poder entender qué está pasando. Parece que duerme. Y de repente lo entiende. Llama corriendo a la enfermera, que se precipita pasillo abajo. Ella está inerte y fría. Pálida como... No quiere ni pensarlo. Está (glup) muerta. Y entonces la importancia de lo que ha pasado le golpea con el peso de una maza. Ha sido por lo que ha dicho. Las lágrimas afloran a sus ojos. Se tambalea y tiene que sentarse. Lo que le ha dicho. Lo que le ha tenido que decir. Lo que se obligó a pensar durante tanto tiempo. Su mentira.

Porque jamás pensó que podría ser tan grande el daño de una mentira.